

En un pueblo lejano vivía un joven leñador, de nombre Manuel, a quien sus padres llamaban en secreto EL LEÑADOR DEL REY.
Cuando Manuel contaba con siete años, su madre, Sara, lo despertó de madrugada para que acompañara a su padre y le enseñara la ruta en la que se encontraban los mejores cedros y robles, cuyos leños eran solicitados por los carpinteros del pueblo para fabricar sillas, mesas, camas, etc. Trabajaron toda la mañana y después de almorzar, Julián decidió tomar una siesta, mientras Manuel jugaba con su perro Saturno. Entre corridas y saltos, pasaron derrumbando algunos leños que fueron a parar al fondo de un barranco, sin poderlos recuperar. Al despertar el padre, llamó la atención a Manuel, indicándole que una de las primeras cosas que debía de aprender era a ser responsable en su trabajo, pues si se descuidaba podían llegar ladrones a robar el producto de tanto esfuerzo; esta vez había sido su culpa el haber perdido gran parte de los leños. Estaban en invierno, el frío penetraba hasta los huesos, alumbrados por la luz de la luna regresaron a casa, para volver al día siguiente a cortar más leños. No podían ser incumplidos con Pancho, el carpintero, quien había encargado diez cargas para un trabajo. Pasaron los años y Manuel se convirtió en un responsable y excelente leñador.
Una noche se tumbó en el césped, acompañado por Saturno, y se quedó admirando la cantidad de brillantes estrellas en el cielo, parecía como si un manto los estuviera cubriendo. Una grande y luminosa estrella se posó sobre ellos, tan brillante que casi los deja ciegos. Entre el bosque apareció un hombre que buscaba al leñador Julián, Manuel le respondió que al que buscaba era su padre y lo condujo hasta su casa. Después de cenar, lo invitaron a hospedarse con ellos esa noche.
El personaje les dijo que iba a relatarles la más grande y tierna historia, de la cual ellos formaban parte, pero fue tal su emoción que sus ojos se llenaron de lágrimas y tuvo que hacer una pausa antes de comenzar a contarla.
Mi nombre es Diego, he sido pastor de ovejas desde niño y lo que les voy a contar es lo más grande y lindo que he podido experimentar en toda mi vida. Una noche como esta llena de estrellas, nos encontrábamos varios compañeros pastoreando las ovejas y apareció un ángel invitándonos a conocer a un niño llamado Jesús, que acababa de nacer. Como éramos muy pobres llevamos manteca y requesón de regalo y nos recibieron con mucho cariño. Un cálido ambiente nos envolvía, El Niño Jesús estaba recostado sobre un pesebre, entre su Mamá, una linda y joven mujer llamada María, quien estaba feliz y extasiada mirándolo y su Papa, José, quien contemplaba a los dos con un cariño muy especial. Todo estaba en paz y un coro de ángeles entonaba cantos a su alrededor. Una gran estrella iluminó el interior del establo y enseguida llegaron unos Reyes que se postraron y obsequiaron ricos regalos al recién nacido. Nosotros nos quedamos allí toda la noche hasta el amanecer. A los pocos días regresamos, pero se habían ido porque unos soldados buscaban a niños recién nacidos para matarlos.
Lo único que encontré fue este pesebre que llevo dentro de mis pertenencias. Pregunté por la procedencia del mismo y el dueño del establo me indicó que lo había armado con unos leños encontrados en el fondo de un barranco y lo colocó en el establo para el uso de algún peregrino. Yo he buscado sin descanso entre montes y montañas al leñador que cortó esos leños, y por fin llegué a este pueblo en donde me indicaron que el único leñador que iba por esos rumbos era Julián y su hijo.
Julián y Sara se miraron con gran sorpresa, Manuel enmudeció, el corazón casi se le salía, nunca pensó que aquel descuido estaba en los planes de Dios para que esos leños sirvieran de camita para Jesús, de quien su familia era seguidora, convertidos después de haber escuchado a un grupo de hombres sobre sus enseñanzas. Diego, sus padres y él se tomaron de la mano y se postraron en tierra, agradeciendo a Dios por el privilegio de haberlos escogido para participar de esa grandiosa ocasión. El forastero les obsequió el humilde pesebre, y se marchó satisfecho, por haber encontrado a las personas que habían hecho posible el primer objeto en donde el Hijo de Dios había reposado al nacer. Prometieron guardar el secreto y a través de los siglos nunca se supo del pueblo ni del paradero de esa privilegiada familia.
Este pequeño cuento invita a imaginar y meditar sobre las estampas que se presentan en esta historia, pues aunque es producto de la imaginación, está inspirado en una de las tradiciones más bellas que se deben de conservar, como son los Nacimientos. Al Niño Jesús lo colocan recostado sobre un pesebre con paja, rodeado por la Virgen María, San José, algunos pastorcitos y animalitos, lo que nos hace recordar la historia de Manuel, EL LEÑADOR DEL REY.
