jueves, 7 de enero de 2010

VIEJA GUITARRA


La joven Mercedes, acostumbraba pasar largas horas conversando con su papá en el taller que ocupaba el segundo piso de su casa. El padre guardaba tuercas, hojalata, tornillos, desarmadores, pinzas, juguetes rotos, tubos de PVC, alambres, etc.en cajas, gavetas y cajones. La solución para cualquier proyecto se encontraba entre la variedad de cosas almacenadas en ese taller. La jovencita curiosiaba dentro de las gavetas y cajones, mientras su padre le contaba sobre los inventos pesnsaba realizar. Un día, al retirar unas láminas, encontró una guitarra empolvada, con las cuerdas rotas y preguntó a su padre por qué nunca lo había escuchado tocarla. El padre se quedó pensativo, sus ojos siempre vivarachos y alegres se humedecieron. Decidió relatarle a su hija la razón de guardar la guitarra y no volverla a tocar.
De niño, vivía en Italia con sus padres y una hermana; para Navidad él y su hermana formaban parte del coro de Iglesia. Él tocaba una de las cuatro guitarras que acompañaban los cantos. El coro estaba integrado por siete niños y doce adultos, quienes comenzaban a ensayar un mes antes de la Navidad. El repertorio consistía de ocho villancicos, durante la Misa de Gallo algunos asistentes colaboraban uniendo sus voces para cantarlos. La guitarra se la había regalado un tío, conociendo el aprecio que haría de ella.
A finales del mes de mayo escuchó en la radio que su país iba a entrar en guerra. Sus padres procuraron abastecerse de comestibles y todo lo necesario para subsistir. Su padre fue llamado a formar filas del ejército y embarcó con rumbo desconocido. Él era un niño y no podía cuidar de su madre y hermana, por lo que un tío que trabajaba en América les aconsejó que se mudaran y los acogería en su casa, mientras se lograban establecer. Prepararon pocas cosas, la ropa y él únicamente pudo traerse la guitarra. Durante la travesía en el barco, trataba de olvidar la tristeza cantando acompañado por la guitarra. Cuando llegaron a América, la guitarra cayó al mar, debido a la prisa de las personas por bajar a tierra. Un señor recogió la guitarra pero antes de entregársela ésta pegó contra un tubo y se le abrió un agujero en el costado, aunque no le dio importancia porque al menos la había recuperado.
La familia del tío los recibibió con mucho cariño, para la Navidad de ese año lo invitaron a integrarse al coro de la Iglesia a la que asistían sus tíos. No le dio pena llevar la guitarra rota, aunque un grupo de niños comenzaron a burlarse de él, entonces el director lo colocó al frente, por la maestría con que ejecutaba el instrumento. Se sintió como en casa, pero vio el rostro de su madre bañado en lágrimas al recordar los tiempos felices cuando junto a su padre celebraban la Navidad en familia. Al terminar la misa guardó la guitarra y prometió nunca volver a tocarla.
La hija le dijo que si le permitía limpiarla, mandarla a reparar y ponerle cuerdas, ella aprendería a tocar guitarra. La joven llevó la guitarra a su cuarto y su padre olvidó la promesa de repararla, debido a la cantidad de trabajo que tuvo durante esos meses.
Mercedes pidió prestada una guitarra, comenzó sus clases y se apuntó en el coro de la Iglesia para cantar en Navidad. El día de Navidad llevó la guitarra rota a la iglesia y se colocó en un lugar a media luz para que no se notara la rotura; del instrumento salía una melodía tan especial que los asitientes se quedaron admiados por la maestría que había alcanzado en tan poco tiempo. El director del coro la invitó a cantar como solista "El Niño del Tambor", parecía la voz de un ángel, con la guitarra logró imitar el sonido de un harpa, en su imaginación creyó ser El Niño del Tambor, ofreciéndole a Jesús su voz y su guitarra rota, para que cuando su padre la volviera a escuchar no le provocara tristeza y en familia celebraran con felicidad el Nacimiento del Niño Dios.
Al terminar de cantar notó que la rotura había desaparecido, la examinó detenidamente y corrió a contarle a sus papás lo que el Niño Dios les había regalado ese día. Regresaron a casa y colocaron la guitarra en un lugar especial de la sala, para mostrarla a amigos y conocidos por haberse recuperdo la alegría en la familia.

LA CAJITA MISTERIOSA


Juancho había sido escogido como pastor para la pastorela de la Escuela. Su encargo era entregar una cajita como ofrenda al Niño Dios, con la condición de no abrirla para averiguar el contenido. Se llevó la cajita a su casa sin despegarle los ojos, la curiosidad lo mantuvo despierto toda la noche. Los primeros rayos de sol anunciaban el comienzo del nuevo día en que iba a descubrir el misterio de la cajita. Sentía que las agujas del reloj se detenían y las horas no avanzaban, disminuyó su apetito, no salió a jugar con sus amigos y tampoco acompañó a su mamá a visitar a una viejecita, a quien siempre llevaban un tamal y algunas golosinas para la cena de Navidad, cuya única compañía era un gato flaco y ciego.
Nada era tan importante para él ese día, más que la cajita de la ofrenda. Imaginó que tal vez contenía una tableta de chocolate, su golosina preferida, o un diamante, como los que salen en los cuentos de hadas y lo regalan a las princesas. Luego cambió el rumbo de sus pensamientos y se figuró unos zapatitos de lana para cubrir los pies desnudos del Niño Jesús, o un chinchín para entretenerlo. La cajita tenía una gran moña de listón, en donde habían prendidas campanitas y cascabeles casi invisibles, que al moverlos despedían reflejos de todos colores. Decidió escribir en un cuaderno todo lo que se le ocurría que podría contener, hasta que por el cansancio y el desvelo se durmió sobre la mesa del comedor.
La imaginación de niño lo hizo viajar hacia un lugar en donde habían muchos duendes trabajando para confeccionar los regalos que los niños iban a dar al Niño Jesús. Diligencio, uno de los duendes más antiguos, le preguntó cuál sería su ofrenda para Jesús esa Navidad. Al ver que Juancho no sabía qué contestar, le sugirió que pensara en las cosas que habían hecho enojar a sus papás.
Después de un largo rato,recordó el día en que había olvidado vigilar a su perrito Mambo, mientras él veía su programa favorito en la televisión. El perrito se subió a una silla y se comió parte del pastel que su mamá había preparado para la abuelita Nelly. Cuando llegaron sus papás les dijo que mientras él arreglaba su cuarto con ayuda de Mambo, el perro del vecino había entrado por la ventana y se había comido el pastel. Su mamá le creyó porque ese perro tenía fama de ser el mejor saltarín de la vecindad y no había tenido que hacer mucho esfuerzo para entrar por la ventana. Buscó a Diligencio para contarle lo sucedido y éste le sugirió que el mejor regalo para Jesús, era ofrecer no volver a mentir por ninguna razón.
Juancho despertó a tiempo para vestirse de pastor, sin olvidar la cajita que tanto le inquietaba. Cuando le tocó su turno, dio largos pasos para poner la ofrenda al pie del pesebre, un alambre lo hizo tropezar, la cajita voló por el aire y se abrió. Corrió para ver lo que contenía y encontró un borrador de goma, debajo había un papel con el siguiente mensaje: Este borrador lo entregarás para que esta noche prometas decir la verdad, se borre cualquier mentira que hayas dicho y para que recuerdes que la sinceridad es la mejor ofrenda que puedes dar al Niño Jesús.
Al regresar a casa, Juancho contó la verdad a sus padres, quienes le dieron un gran abrazo por su sinceridad. Encontraron a Mambo delatado por los bigotes llenos de turrón, soltaron una carcajada, no se le quitaba la mala costumbre, había probado uno de los pasteles preparados para la cena de Navidad. Juancho nunca quitó de su escritorio la cajita con el borrador, como una señal para cuando tuviera la tentación de decir alguna mentira.

miércoles, 6 de enero de 2010

EL MEJOR DESEO


Carmen tenía como pasatiempo escribir frecuentemente a sus amigos, por lo que recibía cantidad de correspondencia de todo el mundo y tenía por costumbre guardar dentro de la gaveta de su mesa de noche las cartas recibidas, para leerlas por la noche al terminar la fanea. Era el momento propicio para prestar atención a las noticias y novedades de los amigos y conocidos. Un día decidió hacer algo diferente, publicó en el periódico una invitación para que las personas, sin importar la edad, le mandaran por escrito su máximo deseo para Navidad y tratar de ver la manera de hacerlos realidad. Para cumplir con todos, pidió colaboración a varios de sus amigos, quienes se unieron a la causa de brindar felicidad a muchas personas en esa especial fecha del año en que se celebra el nacimiento del Niño Jesús.
Después del día de Navidad, se puso a ordenar papeles de la gaveta de su mesa de noche. En el fondo de la gaveta había un sobre rosado y al abrirlo encontró la carta de una niña llamada Rosita, quien decía que el único deseo que pedía era que el Niño Dios cuidara de todos los niños que vivían y dormían en la calle, para que no enfermaran por el frío que hay en esa época del año. Carmen se entristeció por haber olvidado leer aquella carta y se propuso contestarla, pero el sobre no tenía la dirección de la remitente. Su tía Margarita, que vivía con ella, le dijo que en la mañana del 24 de diciembre, había llegado una niña en silla de ruedas a dejar esa carta personalmente.
Después de preguntar en el vecindario, averiguó que se trataba de una niña que vivía a dos cuadras de su casa. Fue a visitarla para explicarle lo sucedido, pero Rosita había ido al médico y no sabían la hora de su regreso. Carmen dejó una nota para que al regresar se comunicara con ella inmediatamente. Esperó todo el día y la niña nunca llamó, entonces decidió ir nuevamente a su casa y su madre le dijo que la excusara porque tenía que ocuparse de algo urgente que no podía esperar, pero que llegara a la mañana siguiente.
Rosita la recibió y Carmen se sorpendió al no verla en la silla de ruedas. La niña le contó que un día venía de vuelta del colegio y un camión se subió a la banqueta y los atropelló a ella y a varios niños que se encontraban durmiendo en el suelo. Ella sufrió la peor parte porque se le habían roto las piernas, aunque ya se había recuperado; los niños solo tenían unos rasguños, pero los hospitalizaron porque habían pescado pulmonía, debido al frío que soportaban todas las noches al dormir a la intemperie. Al no recibir respuesta de la carta, Rosita decidió ir todos los días a rezar por las personas que no tenían casa ni comida, por eso no la había encontrado el día anterior. Esa era una manera de manifestar amor al prójimo y estaba segura que el Niño Jesús escuchaba gustoso ese tipo de peticiones.
Esa noche Carmen hizo la oración más profunda de su vida, cada año continuó con las cartas de peticiones para Navidad, solo que cuando las respondía, recordando el deseo de Rosita, pedía una oración especial al lado del Nacimiento, por todas las personas indigentes del mundo. Desde entonces, Rosita pasaba por Carmen todas las tardes para ir a rezar a la Iglesia del Carmen, especialmente por los más necesitados.

LOS MORENITOS DEL MORRALITO



Antes del mes de diciembre se comienza a escuchar los primeros acordes de la música que anuncia la Navidad. Los villancicos hablan sobre el Niño Dios, la Virgen y San José, el arbolito, las lucesitas, la estrella de Belén, capanitas, pastores, tortugas de pascua, hoja de pacaya, limas y limones, manzanilla, aserrín, ovejas, ranchitos, portales, ángeles, posadas, burritos, etc.
En Guatemala se utiliza la semilla de morro para elaborar los conocidos chinchines, trabajo en el que participan los miembros de toda la familia. Regularmente son tallados y pintados de negro; la decoración se hace con verde, rojo, violeta y amarillo. Flores, líneas en zig zag o rectas y angelitos adornan estos instrumentos. Tal vez hay personas que no se han dado cuenta de la importancia de estos morenitos, los hay pequeños y grandes, alargados y redondos, según el tamaño de la semilla de morro, a los que se introduce pequeñas piedrecitas que hacen la función de sonaja. La pulpa se extrae y se fabrican dulces, entre los más conocidos están las bolitas de morro, excelentes para calmar la tos.
Marcelino Pérez, conocido en su pueblo por tener los más variados y mejor decorados chinchies, fue con su familia al mercado de la localidad a vender toda clase de artesanías navideñas. Nunca abandonaba un morralito con seis chinchines especiales que guardaba con mucho cuidado, para sonarlos en la primera posada de la Parroquía de su pueblo.
Ese año iban a celebrar la restauración y remodelación de la Iglesia Parroquial; después de la Misa de bendición saldría la posada acompañada por todos los vecinos del lugar. Una multitud de personas llegó a solicitar chinchines para acompañar la posada, Marcelino tuvo que hacer varios viajes a su rancho para abastecerse debido a la gran demanda. Había que aprovechar la ocasión y con la ganancia ponerle piso a su casa, comprar algunas gallinas y cambiar la carreta vieja por una nueva, para transportar los productos cosechados durante todo el año.
Al comenzar la posada, Marcelino se dio cuenta que el morralito no estaba en el rincón en donde acostumbraba esconderlo. Angustiado, salió corriendo a buscarlo por toda la plaza, pero sin ningún resultado. De todas formas se sumó a la concurrencia y entonó todos los villancicos con gran emoción, aunque extrañaba el sonido de los chinchines que desde niño le ayudaban a marcar el ritmo. Logró acercarse al lugar en donde habían depositado la posada y el director del Coro lo invitó a integrarse al grupo, Marcelino ofreció esa noche cantarle al Niño Jesús con todo su corazón, pues Dios le había permitido a su familia obtener ganancias que mejorarían su nivel de vida.
En el momento cuando Marcelino y su familia se retiraban, se le acercó el Sacristán para indicarle que el Padre Vicente quería hablarle. Marcelino, un poco extrañado, fue a averiguar para qué lo llamaban. El Padre Vicente le obsequió un Misterio (San José, La Virgen María y el Niño Jesús) para que todos los años pusiera su Nacimiento en casa. Además le dio un morralito con unos chinchines, que una señora había recogido y llevado a la Iglesia antes de que por el tumulto de la gente se destrozaran. Marcelino, entre sollozos, acariciaba el Misterio y no dejaba de abrazar fuertemente el morralito contra su pecho, agradeciéndole a Dios todo lo que le había dado ese día. El Padre Vicente le dijo que sería parte del coro de la Parroquia, pues el director del Coro había descubierto esa noche la disposición singular que tenía para cantar, porque Dios le había dado un don especial, había que aprovecharlo y ponerlo al servicio de la Iglesia.
Al llegar a casa, lo primero que hizo Marcelino fue abrir el morralito, con sorpresa vio que en lugar de seis chinchines, había una docena de los mismos, y una beca para estudiar canto con una maestra especialzada. Tres años después Marcelino se convirtió en un gran barítono y comenzaron a invitarlo para cantar en la ciudad capital y algunos países vecinos. Su repertorio favorito eran villancicos navideños, entre los que no faltaban nunca los guatemaltecos, ocasiones que aprovechaba para tocar con alegría cuatro de aquellos morenitos del morralito, que le habían traído tantas bendiciones para él y su familia.