jueves, 7 de enero de 2010

LA CAJITA MISTERIOSA


Juancho había sido escogido como pastor para la pastorela de la Escuela. Su encargo era entregar una cajita como ofrenda al Niño Dios, con la condición de no abrirla para averiguar el contenido. Se llevó la cajita a su casa sin despegarle los ojos, la curiosidad lo mantuvo despierto toda la noche. Los primeros rayos de sol anunciaban el comienzo del nuevo día en que iba a descubrir el misterio de la cajita. Sentía que las agujas del reloj se detenían y las horas no avanzaban, disminuyó su apetito, no salió a jugar con sus amigos y tampoco acompañó a su mamá a visitar a una viejecita, a quien siempre llevaban un tamal y algunas golosinas para la cena de Navidad, cuya única compañía era un gato flaco y ciego.
Nada era tan importante para él ese día, más que la cajita de la ofrenda. Imaginó que tal vez contenía una tableta de chocolate, su golosina preferida, o un diamante, como los que salen en los cuentos de hadas y lo regalan a las princesas. Luego cambió el rumbo de sus pensamientos y se figuró unos zapatitos de lana para cubrir los pies desnudos del Niño Jesús, o un chinchín para entretenerlo. La cajita tenía una gran moña de listón, en donde habían prendidas campanitas y cascabeles casi invisibles, que al moverlos despedían reflejos de todos colores. Decidió escribir en un cuaderno todo lo que se le ocurría que podría contener, hasta que por el cansancio y el desvelo se durmió sobre la mesa del comedor.
La imaginación de niño lo hizo viajar hacia un lugar en donde habían muchos duendes trabajando para confeccionar los regalos que los niños iban a dar al Niño Jesús. Diligencio, uno de los duendes más antiguos, le preguntó cuál sería su ofrenda para Jesús esa Navidad. Al ver que Juancho no sabía qué contestar, le sugirió que pensara en las cosas que habían hecho enojar a sus papás.
Después de un largo rato,recordó el día en que había olvidado vigilar a su perrito Mambo, mientras él veía su programa favorito en la televisión. El perrito se subió a una silla y se comió parte del pastel que su mamá había preparado para la abuelita Nelly. Cuando llegaron sus papás les dijo que mientras él arreglaba su cuarto con ayuda de Mambo, el perro del vecino había entrado por la ventana y se había comido el pastel. Su mamá le creyó porque ese perro tenía fama de ser el mejor saltarín de la vecindad y no había tenido que hacer mucho esfuerzo para entrar por la ventana. Buscó a Diligencio para contarle lo sucedido y éste le sugirió que el mejor regalo para Jesús, era ofrecer no volver a mentir por ninguna razón.
Juancho despertó a tiempo para vestirse de pastor, sin olvidar la cajita que tanto le inquietaba. Cuando le tocó su turno, dio largos pasos para poner la ofrenda al pie del pesebre, un alambre lo hizo tropezar, la cajita voló por el aire y se abrió. Corrió para ver lo que contenía y encontró un borrador de goma, debajo había un papel con el siguiente mensaje: Este borrador lo entregarás para que esta noche prometas decir la verdad, se borre cualquier mentira que hayas dicho y para que recuerdes que la sinceridad es la mejor ofrenda que puedes dar al Niño Jesús.
Al regresar a casa, Juancho contó la verdad a sus padres, quienes le dieron un gran abrazo por su sinceridad. Encontraron a Mambo delatado por los bigotes llenos de turrón, soltaron una carcajada, no se le quitaba la mala costumbre, había probado uno de los pasteles preparados para la cena de Navidad. Juancho nunca quitó de su escritorio la cajita con el borrador, como una señal para cuando tuviera la tentación de decir alguna mentira.

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