

Antes del mes de diciembre se comienza a escuchar los primeros acordes de la música que anuncia la Navidad. Los villancicos hablan sobre el Niño Dios, la Virgen y San José, el arbolito, las lucesitas, la estrella de Belén, capanitas, pastores, tortugas de pascua, hoja de pacaya, limas y limones, manzanilla, aserrín, ovejas, ranchitos, portales, ángeles, posadas, burritos, etc.
En Guatemala se utiliza la semilla de morro para elaborar los conocidos chinchines, trabajo en el que participan los miembros de toda la familia. Regularmente son tallados y pintados de negro; la decoración se hace con verde, rojo, violeta y amarillo. Flores, líneas en zig zag o rectas y angelitos adornan estos instrumentos. Tal vez hay personas que no se han dado cuenta de la importancia de estos morenitos, los hay pequeños y grandes, alargados y redondos, según el tamaño de la semilla de morro, a los que se introduce pequeñas piedrecitas que hacen la función de sonaja. La pulpa se extrae y se fabrican dulces, entre los más conocidos están las bolitas de morro, excelentes para calmar la tos.
Marcelino Pérez, conocido en su pueblo por tener los más variados y mejor decorados chinchies, fue con su familia al mercado de la localidad a vender toda clase de artesanías navideñas. Nunca abandonaba un morralito con seis chinchines especiales que guardaba con mucho cuidado, para sonarlos en la primera posada de la Parroquía de su pueblo.
Ese año iban a celebrar la restauración y remodelación de la Iglesia Parroquial; después de la Misa de bendición saldría la posada acompañada por todos los vecinos del lugar. Una multitud de personas llegó a solicitar chinchines para acompañar la posada, Marcelino tuvo que hacer varios viajes a su rancho para abastecerse debido a la gran demanda. Había que aprovechar la ocasión y con la ganancia ponerle piso a su casa, comprar algunas gallinas y cambiar la carreta vieja por una nueva, para transportar los productos cosechados durante todo el año.
Al comenzar la posada, Marcelino se dio cuenta que el morralito no estaba en el rincón en donde acostumbraba esconderlo. Angustiado, salió corriendo a buscarlo por toda la plaza, pero sin ningún resultado. De todas formas se sumó a la concurrencia y entonó todos los villancicos con gran emoción, aunque extrañaba el sonido de los chinchines que desde niño le ayudaban a marcar el ritmo. Logró acercarse al lugar en donde habían depositado la posada y el director del Coro lo invitó a integrarse al grupo, Marcelino ofreció esa noche cantarle al Niño Jesús con todo su corazón, pues Dios le había permitido a su familia obtener ganancias que mejorarían su nivel de vida.
En el momento cuando Marcelino y su familia se retiraban, se le acercó el Sacristán para indicarle que el Padre Vicente quería hablarle. Marcelino, un poco extrañado, fue a averiguar para qué lo llamaban. El Padre Vicente le obsequió un Misterio (San José, La Virgen María y el Niño Jesús) para que todos los años pusiera su Nacimiento en casa. Además le dio un morralito con unos chinchines, que una señora había recogido y llevado a la Iglesia antes de que por el tumulto de la gente se destrozaran. Marcelino, entre sollozos, acariciaba el Misterio y no dejaba de abrazar fuertemente el morralito contra su pecho, agradeciéndole a Dios todo lo que le había dado ese día. El Padre Vicente le dijo que sería parte del coro de la Parroquia, pues el director del Coro había descubierto esa noche la disposición singular que tenía para cantar, porque Dios le había dado un don especial, había que aprovecharlo y ponerlo al servicio de la Iglesia.
Al llegar a casa, lo primero que hizo Marcelino fue abrir el morralito, con sorpresa vio que en lugar de seis chinchines, había una docena de los mismos, y una beca para estudiar canto con una maestra especialzada. Tres años después Marcelino se convirtió en un gran barítono y comenzaron a invitarlo para cantar en la ciudad capital y algunos países vecinos. Su repertorio favorito eran villancicos navideños, entre los que no faltaban nunca los guatemaltecos, ocasiones que aprovechaba para tocar con alegría cuatro de aquellos morenitos del morralito, que le habían traído tantas bendiciones para él y su familia.
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