lunes, 14 de diciembre de 2009

CHARLY EL ACRÓBATA


En la despensa de mi casa tengo guardada una caja forrada con pana azul, decorada artísticamente con un paisaje lleno de estrellitas y pinos plateados. La conservé para guardar en ella objetos considerados por mí como valiosos. Cada Navidad la coloco en algún rincón y a todas las personas que nos visitan les llama la atención por su belleza y originalidad. Esta caja contenía en su interior una variedad de galletas riquísimas, en el centro había una galleta de jengibre en forma de muñeco para el deleite de muchas personas.
Mi tía me contó un cuento relacionado con una galleta que estuvo en una caja parecida a esta. Las galletas se iban consumiendo desde la orilla hacia el centro en donde estaba la de jengibre. Cuando se abría la caja al día siguiente, esa galleta aparecía en la segunda capa y no en donde se encontraba anteriormente.
Cierto día, los niños esperaron hasta la media noche y se asomaron a la sala para resolver el misterio. Acompañados por la luz de una luciérnaga, asidua visitante durante el mes de diciembre, quitaron cuidadosamente la tapadera, y encontraron todos los papelitos blancos vacíos y revueltos. Esperaron unos minutos y bajo el cartón que cubre la segunda capa, escucharon a alguien cantar y bailar “Rodolfo de la Nariz Colorada” a ritmo de salsa. Al terminar, un grupo de galletas le brindó aplausos que se escucharon hasta afuera de la casa, la fiesta estaba en su apogeo, tanto que los vecinos se quejaron por el alboroto. Los niños permanecieron allí hasta el final, apresuradamente colocaron la tapadera para que no se dieran cuenta de que las habían descubierto.
Al día siguiente llegaron visitas y les ofrecieron galletas, el muñeco de jengibre estaba de nuevo en el centro de la caja, pero le faltaban dos botones blancos a su chaleco. Los niños estaban deseosos porque llegara la noche, pues querían participar de la fiesta de las galletas. Esperaron que sus padres se durmieran y fueron a la sala, pero esa noche no hubo fiesta y regresaron a su cuarto desilusionados.
Dos días después volvieron a ver si tenían suerte y encontraron la caja de galletas abierta y vacía. Cansados de tanto esperar, se olvidaron de las galletas hasta que tres días antes de Navidad escucharon de nuevo música en la sala. Encontraron a una galleta y le preguntaron si podían participar en la fiesta, a lo que ella accedió. La galleta de jengibre, llamada CHARLY EL ACRÓBATA, acababa de regresar de un viaje por el Caribe, acompañando al Circo de los Postres, en donde se presentó como el mejor trapecista del mundo. Había aprendido nuevos pasos de baile y estaba contando todas sus aventuras. Detuvo el relato cuando vio a los niños y les dijo con acento caribeño: Miren chicooo...s, nadie debe nunca de enterasss...ee que una noche unos duende...ee me llevaron a una cueva, en donde estaban reunia..aaas todas las hadas madrinaj que habían aparecio...ooo en muchos cuentooo...s y lo habían tocado con su varita. A su regreso no tuvo tiempo de cambiarse...eee de ropa y lo habían empacao...ooo en esa caja de galleta...aaj. Por eso él era diferente, sabía cantar y bailar y saltaba de un lugar a otro con movimiento...oos acrobáticos, las compañeras galletas lo llamaron CHARLY EL ACRÓBATA.
Por la mañana los niños no despertaban y sus padres creyeron que estaban enfermos, llamaron al doctor quien les recetó comer galletas de jengibre para animarlos. La madre fue a traer la única galleta de jengibre que había en la casa, esa era CHARLY EL ACRÓBATA. Los niños debían de inventar rápidamente algo para evitar comerlo, entonces se les ocurrió decir que le faltaban dos botones al chaleco y seguramente un ratón la había probado antes. Los padres desistieron de la idea y mandaron a traer nuevas galletas de jengibre.
A CHARLY EL ACRÓBATA lo tiraron a la basura, los niños lo recogieron sin que nadie se diera cuenta y desde entonces todos los años es el adorno favorito de su árbol de Navidad. Cuando no hay nadie en casa, los niños y CHARLY aprovechan para organizar fiestas e invitan a todas las galletas del vecindario; terminan bailando y cantando villancicos, con ritmos tropicales, al compás de maracas, pitos y tambores.
Al quitar los adornos navideños, guardan a CHARLY EL ACRÓBATA con mucho cuidado, en una cajita de madera para que no se lastime. En luna llena lo sacan a pasear al jardín y platican de todas las galletas con quienes disfrutaron las primeras fiestas y la sorpresa que se llevaron los niños al descubrir el secreto de CHARLY.
Aprecio mucho la caja azul, en ella guardo entre mis valiosos objetos un adorno que conseguí en forma de galleta de jengibre, con un chaleco al que le faltan dos botones blancos, ella es para mí CHARLY EL ACRÓBATA. La muestro a los niños y adultos que quieran escuchar este cuento tan original que mi tía un día me contó, mientras comíamos angelitos y tomábamos chocolate de Mixco, recostadas en la alfombra, calentándonos a la luz de las llamas que despedían los leños de la chimenea de la sala.
Las galletas de jengibre bailarían de alegría, si tenemos la delicadeza de colocarlas en algún galletero o trastecito y procurar contar en su presencia la historia de CHARLY EL ACRÓBATA; el ambiente se transformará, hasta puede ser que veamos bailar y cantar villancicos a las galletas tomadas de las manos, haciendo un círculo a nuestro alrededor como muestra de agradecimiento.

domingo, 13 de diciembre de 2009

TU CU TA TU TU


Querida tortuga Cornelia: Ya comienzan las posadas y tienes que estar lista para ir a varios hogares que reciben gustosos la visita de la Virgen María y San José, pidiendo posada. Hay que desempolvarte y acicalarte porque te esperan largas horas de trabajo. Antes las posadas se llevaban en hombros por las calles de los barrios de la ciudad, y salíamos corriendo a la puerta de la casa para verlas pasar. Lo que nos avisaba su cercanía era el típico sonido del TU CU TA TU TU de la tortuga, tocada por un palito y acompañada por chinchines, pitos, farolitos y los cantos de los peregrinos.
Cuando éramos niños, una tía nos compró tortuguitas para que todos aprendiéramos el compás que debíamos llevar, cuando tocaran los sones compuestos para la Navidad. Nos sentaban frente al Nacimiento y algunos de nosotros no tocábamos, porque creíamos que les dolía al pegarles con el palito para hacerlas sonar.
Tu sonido Cornelia, nos va anunciando la llegada del Niño Jesús,tienes un lugar privilegiado entre los animales, pasan los años y sigues presente entre nosotros.
Hay muchas historias en donde se llevan a cabo competencias de carrera entre los animales, en las que se burlan de la tortuga porque siempre llega de último a la meta. Ignoran que tu destino ha cambiado desde el momento en que decidieron utilizar tu caparazón para acompañar los rezos y las posadas durante la temporada navideña, ahora ocupas el primer lugar en la fila.
Hace algunos años asistí a un concierto en donde se presentó una famosa cantante internacional; como en Guatemala es requisito que siempre tiene que cantar o tocar antes un artista nacional, tuve el agrado de escuchar a un conjunto compuesto por instrumentos autóctonos, entre los que se encontraban varias tortugas, tocadas magistralmente. Lastimosamente no recuerdo el nombre del conjunto ni el de los integrantes, no podía creer que con esos instrumentos tan sencillos pudiera lograrse tal armonía, los cuales me hicieron vivir y viajar por un mundo mágico y misterioso.
Para amenizar la posada de mi familia decidí adquirir una tortuga, después de buscar en varios lugares encontré a Cornelia y me sentí dichosa, porque las tortugas han sido utilizadas por nuestros antepasados como instrumentos musicales autóctonos, junto al tun, la chirimía, la marimaba y el tecomate.
Cada año cuando elaboro el Nacimiento en mi casa, escucho algunos sones, dentro de los cuales nunca falta LA TORTUGA DE PASCUA, en honor a Cornelia. Imagino que al comenzar la melodía arranca la fiesta en el rincón donde te guardo Cornelia. Seguramente entre los guapos, bronceados y bulliciosos chinchines eres muy codiciada, porque eres la única chica que hay para invitar a bailar. No creas que no me doy cuenta del barullo que arman, me hago la desentendida, comprendo que son jóvenes y tienen derecho a divertirse. Es el momento que todos deben aprovechar para ejercitarse entre sones y otros ritmos tropicales, antes de emprender las alegres caminatas pidiendo posada de casa en casa. Cuidado con desvelarse mucho, recuerden que deben de estar muy despiertos, afinados y alegres en su trabajo.
Así que mi querida Cornelia, aunque en mi familia solo existes tú, porque al morir mis tíos desapararecieron tus antiguos parientes, y a pesar de sacarte a pasear únicamente durante diciembre, quiero que sepas que ocupas un lugar muy importante junto a mis otros instrumentos musicales. La diferencia es tu sonido que trae a mi memoria la primera vez que tuve una tortuga entre mis manos y aprendí a tocarla en compañía de toda mi familia, junto al Nacimiento en casa de mis abuelitos.
Ahora mi tarea es enseñar a todas las personas a gozar de tu compañía y al escuchar tu sonido, recordar los siglos que han pasado desde que el hombre encontró la manera de utilizarte como un instrumento musical, anunciando el nacimiento del Niño Jesús.
Después de Navidad a lo mejor te invito al Puerto, Cornelia, para que descanses unos días y estés con tu familia. Tus sobrinos son famosos en su colonia porque tienen un trabajo igual al tuyo, salen todas las noches y regresan hasta la madrugada, lo cual tiene muy preocupadas a tus primas. Por favor cuídate, nos vemos dentro de unos días.

MI AMIGA CHAPO


Cada fin de año vamos de vacaciones a una granja que tienen unos tíos en Huehuetenango. A mí lo que más me gusta es ir a una montañita donde pastan las ovejas. Una de ellas es mi gran amiga.
La primera vez que llegué, le pregunté a Catalino, el dueño de la granja vecina, de por qué llamaban CHAPO a esa ovejita. Catalino soltó una carcajada y me contó que antes las calles de ese pueblecito eran de tierra, pero que unos señores italianos de apellido Gomerandi, compraron unos terrenos para instalar una fábrica de alfombras; como necesitaban comercializar su producto, por medio de la Asociación de Damas Italianas consiguieron un donativo para asfaltar el camino que comunica con la cabecera departamental.
Yo no entendía la relación que eso tenía con CHAPO, pero Catalino sin dejar de sonreír, me explicó que esa ovejita siempre fue muy intranquila, no paraba de correr por todos lados, se brincaba las cercas, y se apartaba del rebaño cuando iban a pastar, hubo veces que todos angustiados se daban a la tarea de buscarla, apareciendo muy tranquila ya entrada la noche.
Le habían puesto cascabeles con toda clase de cerraduras, pero era tan inteligente que siempre ideaba la manera de quitárselos, porque de esa manera nadie podía saber hacia dónde se dirigía en busca de emoción y aventuras. CHAPO tenía la inquietud de enfilar rumbo a un lugar del que había escuchado muchas aventuras, decían que el paisaje era maravilloso, un río atravesaba el frondoso bosque, con un campo cuajado de flores de todos colores. Las ardillas, conejos, taltuzas y zorrillos abundaban en ese sitio, un paraje natural en donde se notaba que el hombre no había llegado todavía, debido a lo tupido de la maleza y lo empinado del lugar. Por los alrededores, en un cerro llamado El Laberinto, merodeaba un zorro a la caza de ovejas perdidas que podría atrapar a CHAPO si se descuidaba y desaparecerla para siempre.
Después de escuchar a Catalino por largo rato, me quedé dormida a la sombra de un árbol. Soñé que estaba con CHAPO en ese paradisíaco lugar, al que yo había logrado llegar, con los pantalones rasgados y llena de raspones por lo resbaloso del terreno, gracias a los senderos conocidos por la ovejita. Jugábamos a nuestras anchas, nadie nos interrumpía, el olor a campo era exquisito, pinos y cipreses por todos lados, había un arbolito que estaba cundido de unas frutas pequeñas de color amarillo con manchas rojizas. CHAPO me invitó a comerlas, al momento reconocí el sabor, eran las que ponían en hiladas alrededor de los Nacimientos. Había tal cantidad de pinos que el suelo estaba cubierto por piñas pequeñas y grandes que también se utilizan como adorno en la temporada navideña. Algunos árboles tenían adheridos gallos, los cuales utilizaban mis tíos en el Nacimiento. Seguimos adentrándonos en el bosque hasta llegar al río, un agua fresca y cristalina nos invitaba a zambullirnos. Las dos decidimos nadar y jugar un rato en el agua, de repente apareció el zorro y comenzamos a nadar rápidamente sin percatarnos que la corriente nos estaba arrastrando hacia una enorme catarata. CHAPO se las sabía todas y me dijo que mantuviera la calma porque más adelante caían sobre el río unas grandes ramas a las que podíamos asirnos y salir sin dificultad. Esperé un rato y efectivamente aparecieron las ramas que nos ayudaron a regresar a tierra. Al despertar estaba empapada, porque mientras dormía había caído una suave llovizna.
Al día siguiente yo seguía con la curiosidad del nombre CHAPO y Catalino continuó el relato. Se acercaba el día de Navidad, y como todos los años, los vecinos presentaron una pastorela en donde participaron niños e incluyeron burritos, patos, gallinas, pollos y ovejas. Ese año la pastorela se llevó a cabo en casa de los señores Gomerandi, que queda frente a la granja de mis tíos. Los trabajadores acababan de terminar de asfaltar el último tramo del camino, y fueron invitados al evento, colocando los instrumentos y el material sobrante cerca de la entrada de la casa en donde iba a tener lugar la presentación, con la advertencia de tener cuidado cuando alguien pasase cerca para evitar ensuciarse.
Mi amiga la ovejita, como siempre, se encontraba lejos buscando aventuras, se dio cuenta que era tarde y como junto a sus hermanitos era parte importante en la pastorela, salió corriendo a gran velocidad. Le faltaban pocos metros para entrar a casa de los Gomerandi, cuando tropezó, rebotó y cayó dentro de una cubeta llena de chapopote, material negro y pegajoso que se utiliza para asfaltar. Rápidamente y como pudo, se incorporó y fue a ocupar su lugar, sin la menor preocupación por ser la única oveja negra entre todas las blancas. Todos los presentes no pudieron contener la risa y desde entonces la bautizaron como CHAPO, porque de la lana blanca no quedó ni rastro.
No hubo más remedio que rasurarle todo el cuerpo porque el chapopote es muy difícil de quitar. Como en esa época hace frío por esa zona del país, tuvo que conformarse con quedarse en casa por varios meses, hasta que la lana volvió a cubrirla nuevamente. Pero eso no le impidió seguir con sus correrías, hasta que un día por descuido se acercó a El Laberinto, se vio en aprietos porque estuvo a punto de que el zorro la atrapara.
Han pasado muchos años desde que conocí a CHAPO, al ver asfaltar una calle siempre recuerdo a mi querida ovejita. Este año extrañé que no fuera a recibirme y me informaron que hace unos meses se rompió una pata y desde entonces cojea para caminar. Hoy es una dichosa abuelita y su trabajo consiste en cuidar a dos ovejitas, tan inquietas como ella, a quienes encargó que me acompañaran a recoger manzanilla, pino y gallos para no romper la tradición de adornar el Nacimiento con esos objetos. Al regresar de la excursión, contamos a las nietas lo dichosas que fuimos al compartir largas jornadas, durante las cuales fuimos haciendo una gran amistad que perdura hasta nuestros días. Me despedí esperando verla el otro año.