
En la despensa de mi casa tengo guardada una caja forrada con pana azul, decorada artísticamente con un paisaje lleno de estrellitas y pinos plateados. La conservé para guardar en ella objetos considerados por mí como valiosos. Cada Navidad la coloco en algún rincón y a todas las personas que nos visitan les llama la atención por su belleza y originalidad. Esta caja contenía en su interior una variedad de galletas riquísimas, en el centro había una galleta de jengibre en forma de muñeco para el deleite de muchas personas.
Mi tía me contó un cuento relacionado con una galleta que estuvo en una caja parecida a esta. Las galletas se iban consumiendo desde la orilla hacia el centro en donde estaba la de jengibre. Cuando se abría la caja al día siguiente, esa galleta aparecía en la segunda capa y no en donde se encontraba anteriormente.
Cierto día, los niños esperaron hasta la media noche y se asomaron a la sala para resolver el misterio. Acompañados por la luz de una luciérnaga, asidua visitante durante el mes de diciembre, quitaron cuidadosamente la tapadera, y encontraron todos los papelitos blancos vacíos y revueltos. Esperaron unos minutos y bajo el cartón que cubre la segunda capa, escucharon a alguien cantar y bailar “Rodolfo de la Nariz Colorada” a ritmo de salsa. Al terminar, un grupo de galletas le brindó aplausos que se escucharon hasta afuera de la casa, la fiesta estaba en su apogeo, tanto que los vecinos se quejaron por el alboroto. Los niños permanecieron allí hasta el final, apresuradamente colocaron la tapadera para que no se dieran cuenta de que las habían descubierto.
Al día siguiente llegaron visitas y les ofrecieron galletas, el muñeco de jengibre estaba de nuevo en el centro de la caja, pero le faltaban dos botones blancos a su chaleco. Los niños estaban deseosos porque llegara la noche, pues querían participar de la fiesta de las galletas. Esperaron que sus padres se durmieran y fueron a la sala, pero esa noche no hubo fiesta y regresaron a su cuarto desilusionados.
Dos días después volvieron a ver si tenían suerte y encontraron la caja de galletas abierta y vacía. Cansados de tanto esperar, se olvidaron de las galletas hasta que tres días antes de Navidad escucharon de nuevo música en la sala. Encontraron a una galleta y le preguntaron si podían participar en la fiesta, a lo que ella accedió. La galleta de jengibre, llamada CHARLY EL ACRÓBATA, acababa de regresar de un viaje por el Caribe, acompañando al Circo de los Postres, en donde se presentó como el mejor trapecista del mundo. Había aprendido nuevos pasos de baile y estaba contando todas sus aventuras. Detuvo el relato cuando vio a los niños y les dijo con acento caribeño: Miren chicooo...s, nadie debe nunca de enterasss...ee que una noche unos duende...ee me llevaron a una cueva, en donde estaban reunia..aaas todas las hadas madrinaj que habían aparecio...ooo en muchos cuentooo...s y lo habían tocado con su varita. A su regreso no tuvo tiempo de cambiarse...eee de ropa y lo habían empacao...ooo en esa caja de galleta...aaj. Por eso él era diferente, sabía cantar y bailar y saltaba de un lugar a otro con movimiento...oos acrobáticos, las compañeras galletas lo llamaron CHARLY EL ACRÓBATA.
Por la mañana los niños no despertaban y sus padres creyeron que estaban enfermos, llamaron al doctor quien les recetó comer galletas de jengibre para animarlos. La madre fue a traer la única galleta de jengibre que había en la casa, esa era CHARLY EL ACRÓBATA. Los niños debían de inventar rápidamente algo para evitar comerlo, entonces se les ocurrió decir que le faltaban dos botones al chaleco y seguramente un ratón la había probado antes. Los padres desistieron de la idea y mandaron a traer nuevas galletas de jengibre.
A CHARLY EL ACRÓBATA lo tiraron a la basura, los niños lo recogieron sin que nadie se diera cuenta y desde entonces todos los años es el adorno favorito de su árbol de Navidad. Cuando no hay nadie en casa, los niños y CHARLY aprovechan para organizar fiestas e invitan a todas las galletas del vecindario; terminan bailando y cantando villancicos, con ritmos tropicales, al compás de maracas, pitos y tambores.
Al quitar los adornos navideños, guardan a CHARLY EL ACRÓBATA con mucho cuidado, en una cajita de madera para que no se lastime. En luna llena lo sacan a pasear al jardín y platican de todas las galletas con quienes disfrutaron las primeras fiestas y la sorpresa que se llevaron los niños al descubrir el secreto de CHARLY.
Aprecio mucho la caja azul, en ella guardo entre mis valiosos objetos un adorno que conseguí en forma de galleta de jengibre, con un chaleco al que le faltan dos botones blancos, ella es para mí CHARLY EL ACRÓBATA. La muestro a los niños y adultos que quieran escuchar este cuento tan original que mi tía un día me contó, mientras comíamos angelitos y tomábamos chocolate de Mixco, recostadas en la alfombra, calentándonos a la luz de las llamas que despedían los leños de la chimenea de la sala.
Las galletas de jengibre bailarían de alegría, si tenemos la delicadeza de colocarlas en algún galletero o trastecito y procurar contar en su presencia la historia de CHARLY EL ACRÓBATA; el ambiente se transformará, hasta puede ser que veamos bailar y cantar villancicos a las galletas tomadas de las manos, haciendo un círculo a nuestro alrededor como muestra de agradecimiento.
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