
Cada fin de año vamos de vacaciones a una granja que tienen unos tíos en Huehuetenango. A mí lo que más me gusta es ir a una montañita donde pastan las ovejas. Una de ellas es mi gran amiga.
La primera vez que llegué, le pregunté a Catalino, el dueño de la granja vecina, de por qué llamaban CHAPO a esa ovejita. Catalino soltó una carcajada y me contó que antes las calles de ese pueblecito eran de tierra, pero que unos señores italianos de apellido Gomerandi, compraron unos terrenos para instalar una fábrica de alfombras; como necesitaban comercializar su producto, por medio de la Asociación de Damas Italianas consiguieron un donativo para asfaltar el camino que comunica con la cabecera departamental.
Yo no entendía la relación que eso tenía con CHAPO, pero Catalino sin dejar de sonreír, me explicó que esa ovejita siempre fue muy intranquila, no paraba de correr por todos lados, se brincaba las cercas, y se apartaba del rebaño cuando iban a pastar, hubo veces que todos angustiados se daban a la tarea de buscarla, apareciendo muy tranquila ya entrada la noche.
Le habían puesto cascabeles con toda clase de cerraduras, pero era tan inteligente que siempre ideaba la manera de quitárselos, porque de esa manera nadie podía saber hacia dónde se dirigía en busca de emoción y aventuras. CHAPO tenía la inquietud de enfilar rumbo a un lugar del que había escuchado muchas aventuras, decían que el paisaje era maravilloso, un río atravesaba el frondoso bosque, con un campo cuajado de flores de todos colores. Las ardillas, conejos, taltuzas y zorrillos abundaban en ese sitio, un paraje natural en donde se notaba que el hombre no había llegado todavía, debido a lo tupido de la maleza y lo empinado del lugar. Por los alrededores, en un cerro llamado El Laberinto, merodeaba un zorro a la caza de ovejas perdidas que podría atrapar a CHAPO si se descuidaba y desaparecerla para siempre.
Después de escuchar a Catalino por largo rato, me quedé dormida a la sombra de un árbol. Soñé que estaba con CHAPO en ese paradisíaco lugar, al que yo había logrado llegar, con los pantalones rasgados y llena de raspones por lo resbaloso del terreno, gracias a los senderos conocidos por la ovejita. Jugábamos a nuestras anchas, nadie nos interrumpía, el olor a campo era exquisito, pinos y cipreses por todos lados, había un arbolito que estaba cundido de unas frutas pequeñas de color amarillo con manchas rojizas. CHAPO me invitó a comerlas, al momento reconocí el sabor, eran las que ponían en hiladas alrededor de los Nacimientos. Había tal cantidad de pinos que el suelo estaba cubierto por piñas pequeñas y grandes que también se utilizan como adorno en la temporada navideña. Algunos árboles tenían adheridos gallos, los cuales utilizaban mis tíos en el Nacimiento. Seguimos adentrándonos en el bosque hasta llegar al río, un agua fresca y cristalina nos invitaba a zambullirnos. Las dos decidimos nadar y jugar un rato en el agua, de repente apareció el zorro y comenzamos a nadar rápidamente sin percatarnos que la corriente nos estaba arrastrando hacia una enorme catarata. CHAPO se las sabía todas y me dijo que mantuviera la calma porque más adelante caían sobre el río unas grandes ramas a las que podíamos asirnos y salir sin dificultad. Esperé un rato y efectivamente aparecieron las ramas que nos ayudaron a regresar a tierra. Al despertar estaba empapada, porque mientras dormía había caído una suave llovizna.
Al día siguiente yo seguía con la curiosidad del nombre CHAPO y Catalino continuó el relato. Se acercaba el día de Navidad, y como todos los años, los vecinos presentaron una pastorela en donde participaron niños e incluyeron burritos, patos, gallinas, pollos y ovejas. Ese año la pastorela se llevó a cabo en casa de los señores Gomerandi, que queda frente a la granja de mis tíos. Los trabajadores acababan de terminar de asfaltar el último tramo del camino, y fueron invitados al evento, colocando los instrumentos y el material sobrante cerca de la entrada de la casa en donde iba a tener lugar la presentación, con la advertencia de tener cuidado cuando alguien pasase cerca para evitar ensuciarse.
Mi amiga la ovejita, como siempre, se encontraba lejos buscando aventuras, se dio cuenta que era tarde y como junto a sus hermanitos era parte importante en la pastorela, salió corriendo a gran velocidad. Le faltaban pocos metros para entrar a casa de los Gomerandi, cuando tropezó, rebotó y cayó dentro de una cubeta llena de chapopote, material negro y pegajoso que se utiliza para asfaltar. Rápidamente y como pudo, se incorporó y fue a ocupar su lugar, sin la menor preocupación por ser la única oveja negra entre todas las blancas. Todos los presentes no pudieron contener la risa y desde entonces la bautizaron como CHAPO, porque de la lana blanca no quedó ni rastro.
No hubo más remedio que rasurarle todo el cuerpo porque el chapopote es muy difícil de quitar. Como en esa época hace frío por esa zona del país, tuvo que conformarse con quedarse en casa por varios meses, hasta que la lana volvió a cubrirla nuevamente. Pero eso no le impidió seguir con sus correrías, hasta que un día por descuido se acercó a El Laberinto, se vio en aprietos porque estuvo a punto de que el zorro la atrapara.
Han pasado muchos años desde que conocí a CHAPO, al ver asfaltar una calle siempre recuerdo a mi querida ovejita. Este año extrañé que no fuera a recibirme y me informaron que hace unos meses se rompió una pata y desde entonces cojea para caminar. Hoy es una dichosa abuelita y su trabajo consiste en cuidar a dos ovejitas, tan inquietas como ella, a quienes encargó que me acompañaran a recoger manzanilla, pino y gallos para no romper la tradición de adornar el Nacimiento con esos objetos. Al regresar de la excursión, contamos a las nietas lo dichosas que fuimos al compartir largas jornadas, durante las cuales fuimos haciendo una gran amistad que perdura hasta nuestros días. Me despedí esperando verla el otro año.
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