Cuando era pequeña solíamos ir con mis padres y hermanos a ver las vitrinas adornadas con motivos navideños. En una de las vitrinas había una canasta repleta de frutas, que causaba la admiracion de todos los que la miraban. Entramos a la tienda a comprar uvas y manzanas y la encargada de la tienda nos regaló una paleta de chocolate a cada uno. Al salir, había una niña con unos bellos ojitos negros fijos en la vitrina, sosteniendo entre sus manos una arrugada bolsa de papel. Cuando regresamos a casa, la mirada de la niña de la tienda seguía fija en mi mente.
Veinte años después, al recorrer esas calles,encontré la tienda con la canasta de frutas y entré a comprar unas naranjas. Cuando me aproximé a pagar, una joven muy distinguida llamó mi atencion, tenía unos ojos tan brillantes como las estrellas del cielo. La joven sonrió, no temas me dijo, soy la niña que se paraba afuera con la mirada fija en la canasta de frutas, pero con el tiempo me he convertido en una mujer. Un día a tus hermanos y a tí les relagaron en esta tienda unas paletas de chocolate que obsequiaban a los niños cuando venían acompañando a sus padres, la dueña de la tienda se las compraba a una señora muy pobre para ayudarla a sostener a sus cinco hijos.
Entonces, ella me explicó que desde hacía muchos años me había estado esperando con la ilusión de entregarme una figura de cerámica (con forma de paleta de chocolate), para colocarla en el arbolito de Navidad. Era un recordatorio para no olvidarme de prestar ayuda a las personas necesitadas.
Al día siguiente volví a la tienda en busca de la distinguida dama, pero me informaron que allí no trabajaba ningna persona con las caracteristicas que yo describí. Había tenido un encuentro con mi Angel, quien me había dejado un encargo muy especial al entregarme la paleta, en cuya cara posterior lleva grabado este mensaje: Nunca dejes de comunicarte conmigo. Desde ese día decidí ponerle el nombre de Chocomelo a mi Angel guardián.
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